EDITORIAL

A los nuevos funcionarios públicos

Al iniciarse el nuevo periodo de gobierno, es importante reafirmar que servir a la patria, en cualquier cargo público es un gran honor y distinción, que se le ofrece a una persona para poner su sabiduría, conocimientos, experiencias, habilidades, cualidades, valores y principios al servicio del pueblo.

Este honor es una oportunidad para servirle a la patria y no para servirse de ella y debe estar reservado a quienes amen y defiendan los sagrados intereses del país, por encima de los intereses particulares y gremiales.

Quienes asumen cargos públicos deben tener claro el significado y uso del poder, dónde radica, cómo se estructura y la forma de ejercerlo. Las funciones públicas generalmente son temporales, inestables y a veces ingratas. Los aplausos de salida deben ser más importantes, que las felicitaciones recibidas al inicio de esta gestión.

Un funcionario público debe conocerse así mismo, es decir, sus conocimientos, educación, experiencia, cualidades personales, carácter, estilo de conducción personal y de grupo, la cultura burocrática y la cantidad de prácticas y artimañas que tanto mal producen en los negocios de la administración pública.

Los nuevos funcionarios deben estar concientes, que los asuntos públicos no pueden o deben administrarse como si fueran privados y que el funcionario solo puede hacer lo que la ley le permite y no lo que su voluntad le indica. Si bien es cierto que no hay secreto entre dos personas, en el sector público las paredes oyen, observan y hablan, y no se debe decir en privado lo que no se puede sustentar en público.

Un proverbio chino reza: “Aquel que no reflexiona antes de actuar, ¿Cómo podrá alcanzar su objetivo?” y otro dice “Sin un plan nada conduce a nada” (El Yi King). Es importante que el funcionario conozca quien es quien en su estructura gubernamental, como se ejerce el poder, la estructura y el liderazgo formal e informal en la organización, y tener mucho cuidado con las personas que pueden hacerle daño a su gestión, porque una sola naranja dañada puede echar a perder la buena chicha.

El ejercicio del poder y de la función pública enfrenta ofrecimientos, presiones, tentaciones, solicitud de favores, planteamientos de negocios ilícitos, que solo una persona con sólida formación moral y ética guiada por la sabiduría, inteligencia, prudencia e integridad, sabrán enfrentar de manera exitosa. El maestro Confucio indicó lo siguiente: “Para conocer a un hombre en su actuar, se necesita conocer los medios que emplea, examinar con quien anda y en qué pone su felicidad”. Además, conocer a las personas es un acto de inteligencia, pero conocerse a sí mismo en un acto de sabiduría.

Al final del ejercicio público se puede salir con dinero, pero con desprecio, por lo contrario, con la satisfacción de haber cumplido el deber cívico de servir a la patria y haber aprovechado la oportunidad, cumpliendo una gestión digna y que con el aporte de todos los que ingresan al sector público, se contribuya con un grano de arena a la edificación del sagrado templo de la patria.

No es la riqueza ni el prestigio lo que importa. La satisfacción mayor es poder caminar con la frente en alto, con pies firmes, con los ojos puestos en el futuro del país y tener presente que siempre habrá criticas y que en la mayoría de los casos la patria no reconoce a sus hijos que le sirven, pero quien ejerce una función pública no debe hacerlo para que se lo reconozcan ni lo recuerden, debe hacerlo para devolverle al país parte de lo que nos ha entregado y el honor de servirla.

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